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Confianza! ¡Confianza! ¡Yo vencí al mundo!”
(Jn 16, 33)
Cuando la palabra confianza era pronunciada por
Nuestro Señor Jesucristo, “se operaba en los
corazones una profunda y maravillosa
transformación” , dice un sabio escritor.
“La aridez de sus almas era humedecida por
un rocío celestial, las tinieblas de sus
espíritus se transformaban en luz, la angustia
era sustituida por una calma serenidad.” El
mismo convite hecho otrora por Nuestro Señor, es
repetido hoy a nosotros. ¡Confianza! ¡Cómo esa
virtud es necesaria en los días de hoy!
¡Cómo se equivocan las almas que, sintiendo sus
deficiencias y miserias, no osan aproximarse del
Divino Salvador, con recelo de que un Dios tan
puro y excelso no se inclinaría hacia ellas, no
perdonaría sus faltas! Dios es Misericordia, y
desde que deseemos sinceramente convertirnos, Él
tendrá pena de nuestra miseria y se dignará
salvarnos y colocarnos junto a su Sagrado
Corazón. Más aún: para que experimentásemos de
un modo más elocuente la bondad en términos
humanos, creó el cariño materno. De lo alto de
la Cruz, cuando entregaba su alma al Padre, nos
dio a su propia Madre para que fuese también la
nuestra: “Mujer, he aquí a tu hijo.
(...) Hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19,
26-27). Como explica la Iglesia desde sus
primeros siglos, en San Juan estaba representada
toda la humanidad. Ese don inenarrable de ser,
también, hijos de la Madre del Cielo, nos
facilita igualmente la práctica de la virtud de
la confianza.
Esas reflexiones nos traen a la memoria una
bellísima pintura de Nuestra Señora de la
Confianza venerada en la Ciudad Eterna, en la
capilla del Pontificio Seminario Romano, vecino
a la famosa Basílica de San Juan de Letrán.
La
devoción a Nuestra Señora de la Confianza surgió
en Italia hace casi tres siglos, vinculada a la
venerable Hermana Clara Isabel Fornari, clarisa
fallecida en 1744, y con proceso de
beatificación en curso. Abadesa del monasterio
de la ciudad de Todi, Sor Clara fue privilegiada
por Dios con gracias místicas, entre las cuales
la de recibir en sus miembros los estigmas de la
Pasión. Nutriendo una devoción muy particular a
la Madre de Dios, llevaba siempre consigo un
milagroso cuadro que la representa con el Niño
Jesús en los brazos. A esa pintura se atribuían
gracias y curas numerosas, y ya en el S. XVIII
comenzaron a circular por Italia copias, dando
origen a la devoción de la Santísima Virgen bajo
el título de Madre de la Confianza.
Una
de las copias acabó por tornarse más célebre que
el propio original. Fue ella llevada al
Seminario Mayor de Roma —el principal del mundo,
por ser el seminario del Papa—, donde se
convirtió en la Patrona. Todos los años es
venerada por el propio Pontífice, quien va a
visitarla en la fiesta de la “Virgen de la
Confianza”, el 24 de febrero.
Desde el inicio, la Virgen mostró a los
seminaristas que, si recurriesen a Ella bajo la
invocación de Nuestra Señora de la Confianza,
podían contar con su auxilio en toda
circunstancia por más difícil que fuese. En ese
sentido, entre los hechos prodigiosos más
insignes se cuentan las dos veces (1837 y 1867)
en que una epidemia de cólera alcanzó la Ciudad
Eterna, y en las que el Seminario Romano se vio
milagrosamente libre por la poderosa intercesión
de su Patrona. También, durante la Primera
Guerra Mundial, cerca de cien seminaristas
fueron enviados al frente de batalla, y se
colocaron bajo la especial protección de la
“Madonna”. Todos regresaron vivos, lo que
atribuyeron a la Santísima Virgen. En
agradecimiento, entronizaron el venerable cuadro
en una nueva capilla de mármol y plata.
Cuando
allí fue colocado, venía acompañado de un
antiguo pergamino, que aún se conserva, y que
trae estas consoladoras palabras de Sor Clara
Isabel: “La divina Señora se dignó
concederme que toda alma que con confianza se
presente delante de este cuadro,
experimentaráuna verdadera contrición de sus
pecados, con verdadero dolor y arrepentimiento,
y obtendrá de su Divinísimo Hijo el perdón
general de todos sus pecados. Además esa mi
divina
Señora, con amor de verdadera Madre,
condescendió en asegurarme que a toda alma que
contemple esta imagen, concederá una particular
ternura y devoción hacia Ella.”
La
devoción a la “Madonna della Fiducia” se muestra
particularmente benéfica cuando se reza la
jaculatoria “¡Madre mía, confianza mía!” Muchos
son aquellos que se fortalecen en la confianza,
o la recuperan, apenas por contemplar esa bella
pintura, sintiéndose inundados por la mirada
materna, serena, cariñosa y alentadora de la
Reina del Cielo.
Y el Divino Niño, también observando al fiel,
apunta su índice a la Santísima Virgen, como
diciendo: “Colóquese bajo su protección, recurra
a Ella, sea enteramente de Ella, y Ud.
conseguirá llegar hasta Mí”. |